Rocío E.

Al empezar, me costaba incluso recordar con claridad ese punto de dolor, porque han pasado muchas cosas y muchos cambios personales. Pero si vuelvo ahí, el dolor era sentir que no estaba siendo suficiente como psicóloga. Me comparaba constantemente, me sentía infravalorada, insegura en mi rol, y eso me llevaba a mucha autoexigencia, frustración y desgaste.

Las situaciones se repetían una y otra vez: intentaba enfocarme en mi negocio, forzarme a crecer, a hacer más, a rendir más, para poder sentir que lo estaba haciendo bien y que mi valor era suficiente. Pero en realidad no era ahí donde estaba mi valor. Estaba atrapada en el hacer, en la exigencia y en el resultado.

Afrontaba todo esto desde la frustración, la inseguridad y la desconfianza. Era una persona que se valoraba a través del esfuerzo, de la acción constante y de la presión por conseguir resultados.

En ese momento, mi objetivo era poder vivir un negocio coherente conmigo, sin valorarme por los resultados ni por el esfuerzo, y a la vez poder equilibrar mi vida personal y profesional. Quería mantenerme presente en mi vida personal mientras mejoraba mi situación laboral hacia algo con más sentido para mí en esta etapa.

A lo largo del proceso he tomado mucha consciencia de que soy suficiente como psicóloga, incluso cuando algunas situaciones o sesiones me hagan dudarlo. He entendido que el resultado de mis clientes no depende únicamente de mí, y que si no avanzan como esperan no significa que yo sea una mala profesional. He aprendido a separar eso de mi valor personal, que no depende del resultado, sino de quién soy, de cómo acompaño, de lo que aporto y de todo mi recorrido personal y profesional.

También he visto que la exigencia ha sido durante mucho tiempo mi forma de sostener la autoestima, aunque en realidad me estaba desgastando. Y que no necesito esa exigencia para valorarme, porque ahora tengo otras formas más sanas de reconocer mi valor.

He comprendido que no tengo que tenerlo todo claro ya, que todo se construye en el proceso de parar, escucharme, tomar consciencia, decidir y actuar. Y que mis prioridades pueden cambiar sin que eso signifique que lo estoy haciendo mal.

Si miro el proceso completo, he vivido muchos cambios personales. Ahora me encuentro en un lugar de más incertidumbre, pero también de más descubrimiento. He aprendido a sostener las etapas sin tanta urgencia, a escuchar más lo que necesito en cada momento y no solo lo que “toca” o “debería ser”. He aprendido a parar, a fluir más y a aceptar que hay etapas que requieren calma.

Sigo siendo una persona trabajadora, pero con mucha menos exigencia, explorando nuevas formas de hacer las cosas sin tanta presión. Esto no siempre es fácil para mí, pero estoy aprendiendo a no tenerlo todo controlado ni resuelto ya.

Ahora estoy construyendo mi futuro desde otro lugar, escuchando también esta etapa de embarazo, con sus límites, su cansancio y sus necesidades. Parar cuando lo necesito, descansar, permitirme ritmos distintos o “perder el tiempo” cuando lo siento, también ha sido un gran aprendizaje: no tengo que hacerlo todo perfecto.

No quiero vivir esta etapa desde la presión constante o el control, sino desde la calma, el cuidado y la presencia. Me estoy centrando en lo que sí está bien, en lo que puedo hacer y en mantenerme lo más en paz posible conmigo misma.

Hoy pienso distinto: mi negocio es importante, pero no soy yo. Puedo construirlo con calma, sin aferrarme ni depender de él. Entiendo que hay etapas, que ahora necesita cambios y estructura, y que puedo hacerlo sin prisa ni exigencia.

También valoro mucho más mi trabajo: sé que es potente, que ayuda de verdad a las personas que se implican, y me reconecto con todo lo que he recorrido para llegar hasta aquí.

Siento más tranquilidad y coherencia. Ya no estoy tan pendiente de los demás, confío más en mí y en lo que estoy construyendo. Todavía hay momentos de urgencia, pero ahora los reconozco y los puedo redirigir.

Me escucho más, tengo conversaciones internas más honestas y expreso mejor lo que necesito. Hago cosas que antes me daban miedo, me incomodan o me cuestan, pero las hago igual.

Y lo hago desde otro lugar: parando, soltando el piloto automático y conectando más con mi intuición y mis necesidades, en lugar de con la urgencia o la presión.

Hoy tengo más estabilidad, menos presión y más presencia. Estoy encontrando un equilibrio entre la exigencia y la pasividad, aprendiendo a moverme desde el criterio, sin irme a los extremos. Y, sobre todo, estoy aprendiendo a vivir esta etapa desde mí.

El valor diferencial del programa: Tener objetivos durante todo el proceso, tener tu visión en directo, tu seguimiento por chat, las grabaciones y contenido adicional. Todo ayuda mucho a asimilar e integrar en la vida real.

Y el tuyo: Eres una persona que ve más allá de lo que decimos, que puedes darnos una visión distinta, amplia. Me encanta tus visualizaciones, tus conclusiones y sensaciones de lo que comparto contigo. Poner mis palabras en tus palabras también me ayuda mucho a verme desde fuera. Lo que yo te transmito y lo que tú entiendes hace que me de cuenta de más cosas o que la claridad se consiga.