Mireia R.

Sentía inseguridad y mucha autocrítica, lo que me llevaba al bloqueo. Tenía síndrome del impostor y me sentía insuficiente para sostener y conseguir mis logros y mi situación profesional. Me evaluaba constantemente y me autosaboteaba hasta el punto de bloquearme. Me analizaba de forma permanente y me obligaba a ser de cierta manera, sin aceptar quién soy realmente. Afrontaba todo esto de forma descontrolada, sin hacer nada en concreto, agobiándome y desde una sensación de ser víctima.

A lo largo del proceso he tomado consciencia de que no me aceptaba y de que está bien ser quien soy. He ganado liviandad, las cosas ya no me pesan tanto, y he conectado mucho más con mi esencia, con mi cuerpo y con mi autenticidad.

Si miro atrás, veo un cambio claro: ahora hay más liviandad, más autenticidad y más autoconocimiento. Soy Mire, más auténtica y segura. Pienso distinto: está bien ser quien soy, merezco todo lo que soy y lo que tengo, y quiero disfrutarlo. Voy a dar lo mejor de mí y, si fallo o no soy perfecta, no pasa nada.

Siento más tranquilidad y más felicidad. En mi día a día me permito ser y hacer sin evaluarme constantemente. Esto se traduce en más conexión conmigo misma, más bienestar, mejores relaciones —por ejemplo, en pareja— y, sobre todo, más amor hacia mí.

El valor diferencial del acompañamiento es la capacidad de análisis y llegar a lo profundo. También la ilusión por lo que haces.