Sentía inseguridad y mucha autocrítica, lo que me llevaba al bloqueo. Tenía síndrome del impostor y me sentía insuficiente para sostener y conseguir mis logros y mi situación profesional. Me evaluaba constantemente y me autosaboteaba hasta el punto de bloquearme. Me analizaba de forma permanente y me obligaba a ser de cierta manera, sin aceptar quién soy realmente. Afrontaba todo esto de forma descontrolada, sin hacer nada en concreto, agobiándome y desde una sensación de ser víctima.
A lo largo del proceso he tomado consciencia de que no me aceptaba y de que está bien ser quien soy. He ganado liviandad, las cosas ya no me pesan tanto, y he conectado mucho más con mi esencia, con mi cuerpo y con mi autenticidad.
Si miro atrás, veo un cambio claro: ahora hay más liviandad, más autenticidad y más autoconocimiento. Soy Mire, más auténtica y segura. Pienso distinto: está bien ser quien soy, merezco todo lo que soy y lo que tengo, y quiero disfrutarlo. Voy a dar lo mejor de mí y, si fallo o no soy perfecta, no pasa nada.
Siento más tranquilidad y más felicidad. En mi día a día me permito ser y hacer sin evaluarme constantemente. Esto se traduce en más conexión conmigo misma, más bienestar, mejores relaciones —por ejemplo, en pareja— y, sobre todo, más amor hacia mí.
